Un relato sobre violencia obstétrica


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Val López escribió este relato a los 20 años.

“Como profesional de la salud de la mujer, tengo el privilegio de presenciar momentos que en lo personal, me parecen milagrosos. Soy testigo de cómo surgen nuevas vidas y este me parece un acontecimiento tan increíble que me veo obligada a hacer el mayor de los esfuerzos para hacer lo mejor posible mi trabajo. A veces las cosas no siempre pueden salir como quiero, sin embargo, otras todo marcha bien y me siento orgullosa de un trabajo tan bien hecho.

Ese fue el caso del parto de A. Llegó algo cansada al hospital. Pero yo la vi y tuve fe en ella. Sabía que podría tener un parto maravilloso, aunque no tenía plan, pero al estar yo de turno, no le iba a hacer falta. Entró y pidió la epidural. Le expliqué que no había necesidad de ponérsela ya que había posibilidad de que tuviera un precioso parto natural, por que estaba ya avanzada y dilatando muy bien. Ella quería la epidural y oxitocina por que llevaba mucho tiempo de parto, según me dijo. Intenté hacerle ver que realmente no llevaba tanto tiempo de parto, y que intentar inducirlo ahora sería contraproducente, ya que todo iba tan bien.

Nada más llegar a la habitación quiso tumbarse, creyendo que así la molestia de las contracciones sería menor. Entonces le di una pelota para que se sentase en ella, por que tumbada, lo pasaría peor. Al principio no la quiso pero después de un rato, la aceptó. Puse una vela para que se relajara y bajé la luz. Me dijo que le molestaba no ver bien y que el olor de la vela no era agradable, pero se veía perfectamente y la vela le iba ayudar a que se pudiese relajar. Se notaba que no era una mujer informada, menos mal que no estaba otra matrona de turno. A la hora del expulsivo quiso volver a tumbarse, me dijo que el cuerpo se lo pedía pero yo le dije que eso era imposible, que en litotomía no se podía parir. Asi que con ayuda de un enfermero la convencimos de que se levantase y la incorporamos.

El bebé salió en dos pujos y se lo pusimos directamente piel con piel. Le indiqué cómo tenía que ponérselo en el pecho a lo que me contestó que prefería no amamantar. En ese momento me alarmé y le expliqué muy claramente los beneficios de la leche materna y los peligros de no dársela y sustituirla desde el principio por fórmula. No le dio el pecho, me sentí un poco frustrada y se lo hice saber. Sin embargo pensé en el maravilloso parto que habíamos tenido y eso me reconfortó. Es increíble poder disfrutar de esta sensación a diario.”

“Creía que el día de mi parto sería el día más feliz de mi vida. No lo fue. Y sin embargo, nadie diría que fue un mal parto. Pero no fue un buen parto por que simplemente no fue mío. Me sentí sumisa, desempoderada, impotente. Llevaba muchísimo tiempo con unas contracciones terribles en mi casa. Cada vez que me venía una sentía que se me iba a romper la espalda, por que siempre he tenido problemas con ella y esto lo hacía peor. Me tumbaba como podía por que eso era lo que mi cuerpo necesitaba y me lo agradecía. Después de muchas horas con un dolor muy intenso, decidí que ya era hora, que mi hijo venía y me fui al hospital, pensando en que pronto me pondrían la epidural y al fin despues de incontables horas podría tumbarme y quizás dormir, por que estaba muy cansada.

Cuando llegué vino mi matrona, me negó una silla de ruedas por que me dijo que yo no estaba enferma. La verdad es que no lo estaba, pero necesitaba descansar. Me exigió mi plan de parto y al decirle que no lo tenía me miró con la cara de mi profesora de historia cuando no le entregué el trabajo de fin de curso. “Muy mal señorita, hay que tener el plan de parto. Imagina que te llega a tocar uno de los saurios, qué suerte has tenido”. No dije nada, el dolor apenas me dejaba hablar, pero la escuché comentar con su compañero lo irresponsables que le parecían “este tipo de mujeres”.

Cuando llegamos a la habitación, le pedí la epidural y me dijo que no había ninguna necesidad de ponerla, que cómo voy a perder la posibilidad de tener un parto natural, que faltaba poco. Me resigné pensando que realmente faltaría poco por que ya era demasiado tiempo con contracciones que hacían que me retorciera, y renuncié a la epidural y la oxitocina, por que me dio miedo que le pudieran afectar al bebé. De repente la matrona trajo una pelota gigante, y me encontró tumbada, que era como yo me sentía mejor. De inmediato quiso levantarme me dijo que así me iba a doler más y que me pusiese en la pelota para hacer más llevadera la labor de parto. Dios, qué pelota más incómoda, qué sensación mas molesta… Me dolía muchísimo más y no me daba la vida para decir más veces que no. Estaba muy concentrada en que no me doliera, mirando a mi marido a los ojos, y de repente se oscureció todo y un olor nauseabundo empezó a inundar la habitación.

Me di cuenta de que la matrona había apagado la luz y había encendido la vela que además de oler fatal me ponía nerviosa por que estaba al lado de una toalla que temía se incendiase en cualquier momento. Le dije que quería luz, que no veía y que la vela olía fatal y ella me dijo que ella solo quería ayudarme, que sabía lo que hacía y lo que era mejor para mi y que eso me iba a relajar. Enfadada, me levanté de la pelota y me volví a tumbar, sentía que se me salía el niño y mi espalda rogaba estar apoyada. Me dijo que de ninguna manera iba a parir en litotomía y menos estando ella, que hay que hacer caso a la naturaleza y facilitar las cosas estando de pie. Me levantó con ayuda del enfermero y necesité pujar. Me dolía la espalda mas que en toda mi vida. Sentía que me iba a romper en dos.

Cuando el bebé salió me lo puso encima y no me dio ni dos segundos para mirarle y ya quería quitarme el camisón para ponérmelo en el pecho. Le dije que no iba a darle de mamar, no puedo hacerlo por razones muy personales que me no me detuve a explicarle, pero me sentí muy culpable por no hacerlo. Y por negarle el pecho a mi bebé. Me enumeró mil problemas de niños alimentados con fórmula. Me dijo que no entendía cómo puedo tener un comportamiento tan egoísta, y pensar en lo que me viene bien a mi y no al niño. Que lo reconsidere, que no puedo ser tan cabezota. Que no tiene base científica mi elección. Que menudo capricho. Después de todo eso miró a mi hijo y luego a mi. Me dijo: “enhorabuena ha sido un parto maravilloso”. Alumbré en silencio por que al parecer la dejé tan horrorizada que no podía hablar. Salió la placenta. Y se fue. Y me dejó rota. Sin necesidad de cortarme sin motivo, sin tener episiotomía ni heridas de cesárea, yo me sentía sangrar.”

Respetemos a las mujeres en sus decisiones. Sean las que sean. Ellas saben, ellas pueden. Esto, también es violencia, también es patriarcado.

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